jueves, 10 de octubre de 2013

El Buscador



Esta es la Historia de un hombre al que yo definiría un buscador…
Un buscador es alguien que busca, no necesariamente alguien que encuentra.
Tampoco es alguien que, necesariamente, sabe qué es lo que está buscando, es simplemente alguien para quien su vida es una búsqueda.
Un día, el buscador sintió que debía ir hacia la ciudad de Kammir. Él había aprendido a hacer caso riguroso a estas sensaciones que venían de un lugar desconocido de sí mismo, así que dejó todo y partió.
Después de dos días de marcha por los polvorientos caminos divisó, a lo lejos, Kammir. Un poco antes de llegar al pueblo, una colina a la derecha del sendero le llamó mucho la atención.
Estaba tapizada de un verde maravilloso y había un montón de árboles, pájaros y flores encantadores; la rodeaba por completo una especie de valla pequeña de madera lustrada.
… Una portezuela de bronce lo invitaba a entrar.
De pronto, sintió que olvidaba el pueblo y sucumbió ante la tentación de descansar por un momento en ese lugar.
El buscador traspasó el portal y empezó a caminar lentamente entre las piedras blancas que estaban distribuidas como al azar, entre los árboles.
Dejó que sus ojos se posaran como mariposas en cada detalle de este paraíso multicolor.
Sus ojos eran los de un buscador, y quizás por eso descubrió, sobre una de las piedras, aquella inscripción…:
Abdul Tareg, vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días.

Se sobrecogió un poco al darse cuenta de que esa piedra no era simplemente una piedra, era una lápida.
Sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estaba enterrado en ese lugar.
Mirando a su alrededor el hombre se dio cuenta de que la piedra de al lado también tenía una inscripción. Se acercó a leerla, decía:
Yamir Kalib, vivió 5 años, 8 meses y 3 demanas.

El buscador se sintió terriblemente conmocionado.
Este hermoso lugar era un cementerio y cada piedra, una tumba.

Una por una, empezó a leer las lápidas.
Todas tenían inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto.
Pero lo que lo conectó con el espanto fue comprobar que el que más tiempo había vivido sobre-pasaba apenas los 11 años…
Embargado por un dolor terrible se sentó y se puso a llorar.

El cuidador del cementerio pasaba por ahí y se acercó.
Lo miró llorar por un rato en silencio y luego le preguntó si lloraba por algún familiar.

-No, ningún familiar –dijo el buscador-, ¿Qué pasa con este pueblo?, ¿Qué cosa tan terrible hay en esta ciudad?, ¿por qué tantos niños muertos enterrados en este lugar?, ¡¡¡¿cuál es la horrible maldición que pesa sobre esta gente, que los ha obligado a construir un cementerio de chicos?!!!

El anciano se sonrió y dijo:

-Puede usted serenarse. No hay tal maldición. Lo que pasa es que aquí tenemos una vieja costumbre. Le contaré…
Cuando un joven cumple quince años sus padres le regalan una libreta, como esta que tengo aquí, colgando del cuello.
Y es tradición entre nosotros que a partir de allí, cada vez que uno disfruto intensamente de algo, abre la libreta y anota en ella:
a la izquierda, qué fue lo disfrutado…
a la derecha, cuánto tiempo duró el gozo.

Conoció a su novia, y se enamoró de ella. ¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme y el placer de conocerla?, ¿una semana?, ¿dos?, ¿tres semanas y media?...
Y después… la emoción del primero beso, el placer maravilloso del primer beso, ?cuánto duró?, ¿el minuto y medio del beso?, ¿dos días?, ¿una semana?...
¿Y el embarazo o el nacimiento del primer hijo…?
¿y el casamiento de los amigos…?
¿y el viaje más deseado…?
¿y el encuentro con el hermano que vuelve de un país lejano?
¿Cuánto tiempo duró el disfrutar de estas situaciones?...
¿horas?, ¿días?...

Así… vamos anotando en la libreta casa momento que disfrutamos… cada momento.

Cuando alguien se muere,
es nuestra costumbre,
abrir su libreta
y sumar el tiempo de lo disfrutado,
para escribirlo sobre su tumba,
porque Ese es, para nosotros,
el único y verdadero tiempo VIVIDO.

Jorge Bucay, Cuentos para pensar

sábado, 21 de septiembre de 2013

La Luna y la Estrella

Existe una historia que a Don Artemio le gusta en particular.

Artemio, un hombre de pocas palabras pero pensamientos abundantes que, a pesar de sus escasas palabras no así son sus historias.

Según lo cuenta, ésta es la historia de cómo confundió una estrella con la luna:
Por aquellos tiempos, la realidad se confundía con la fantasía, eran tiempos de colores, aromas y sabores abundantes,  una época en donde no se medían las consecuencias y la vida se miraba siempre pa´lante. 

La historia comienza en una noche de invierno, no tan fría como debiera ser, aquella noche fue de nuevas aventuras y nuevos alrededores, contradictoriamente a los viejos pensamientos, a las viejas costumbres y a las viejas formas de observar de Artemio.

Todo empieza en un jardín no muy grande, pero con muchos tipos de flores y animales que saltaban de un lado a otro; una cometa alegre y nerviosa daba vueltas por todo el lugar, iba y venía, subía y bajaba, gritaba, ordenaba, organizaba. La luna, alegre como un payaso, reía y volaba por todos lados, celebrando noche más de  luna llena alumbrando el jardín; las flores cedían de su néctar para el bienestar mental de quienes estaban aquella noche, así, las ardillas, los conejos, los pavorreales y la grullas reían y se movían al ritmo de los sonidos nocturnos, Artemio, que por aquellas épocas vestía de gorila, gustaba observar aquel baile de circunstancias y casualidades, observaba,  mientras bebía del néctar de las flores y le gustaba como la noche deslumbraba con su obscuridad y la forma en que la luna opacaba ese deslumbramiento con su brillantez nocturna. Gustaba también el efecto del néctar de las flores en su cabeza y para sus ojos miopes y astigmáticos, la noche no fue diferente a cualquier otra noche de cualquier otro invierno de cualquier otra época, las luces nocturnas, los tímidos hilillos de humo, el amargo pero refrescante sabor de las flores, los sonidos nocturnos quedaron grabados en una página más en el libro mental de Artemio que pronto archivaría y no sería sino hasta tiempo después que ésta página psicodélica le daría qué pensar.

Las noches invernales continuaron y eran cada vez más frías, la luna pareciera desaparecer, el ciclo de luna nueva se alargaba indefinidamente, pero como todo en esta vida, nada es para siempre y el frio poco a poco iba dando lugar al tortuoso calor veraniego, las noches invernales se quedaron en los recuerdos y el calor lúdico del verano se hacía presente y así los días se llenaban de color al igual que los pensamientos y emociones de Artemio.

No fue sino hasta una noche veraniega que Artemio volvió a encontrarse con la brillante luna que creyó olvidar del invierno, aquel invierno que no hace tanto tiempo congelaba el corazón de Artemio y que contradictoriamente pareciera que estaba tan lejos.

Artemio, siempre tan sereno e inexpresivo, estaba sentado en un planeta pequeño,cuando vio acercarse aquella luna del invierno, lentamente pero con movimientos alegres, con una tranquilidad tan contagiosa que Artemio la sintió enseguida,  se sentó en el mismo planeta en el que Artemio descansaba y comenzó entonces la conversación de luces y sombras, fascinado con éste astro celestial, escuchaba atentamente cada palabra y observaba detenidamente cada destello de luz y entonces fue cuando Artemio se dio cuenta de su grave error, atontado por la luz de éste hermoso astro, se dio cuenta lo tremendamente atraído que se sentía a ella, atraído por esa belleza deslumbrante, y entonces se dio cuenta de la calidez que irradiaba,  que la luz no era reflejada como suele ser la luz que emanan las lunas, y comenzó entonces a ver con el corazón,  y fue que se dio cuenta que aquella luna brillante y hermosa no era una luna, se dio cuenta lo fácil que es confundirse, se dio cuenta que mirar con la cabeza y mirar con el corazón no era lo mismo, se dio cuenta que de lejos aquella supuesta luna hipnotizaba como todas las lunas cuando las miras detenidamente, se dio cuenta que al acercarse esa hipnosis desaparecía y una sensación de calor llenaba su ser, que el calor irradiado era como el de una estrella, se dio cuenta también que una estrella es mucho más hermosa que una luna, y confirmó su confusión cuando al morder a la supuesta luna los sabores eran diversos pero nunca  a queso.

Así fue como Artemio confundió aquella vez a la luna con una estrella, y como esa estrella a partir de aquella noche de invierno sería parte de la vida de Artemio, ahora cuando miraba al cielo y viera brillar aquella estrella sonreiría por qué no todos los días puedes alcanzar una estrella, no todos los días puedes mirarla directamente sin quedarte ciego, y no todos los días puedes abrazarla, y sobretodo y más importante no todos los días puedes hacer que una estrella brille de manera particular en tu vida.

Es así que siempre que Artemio cuenta esta historia mira al cielo y sonríe.